Daniel capítulo 4 presenta una de las humillaciones más dramáticas de todas las Escrituras. Nabucodonosor, rey de Babilonia, estaba en la cima del poder humano. Había conquistado naciones, construido una de las maravillas del mundo antiguo — los Jardines Colgantes — y gobernaba un imperio que se extendía por todo el mundo conocido. Caminando sobre la terraza de su palacio real, miró la magnífica Babilonia y declaró: "¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?" (Daniel 4:30).
Las palabras aún estaban en sus labios cuando cayó el juicio. Una voz del cielo declaró que el reino se había apartado de él. En esa misma hora, Nabucodonosor fue echado de entre los hombres, comió hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojó con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila y sus uñas como garras de aves (Daniel 4:33). El hombre más poderoso de la tierra se convirtió en una bestia — una parábola viviente de lo que el orgullo hace al alma humana.
Lo que hace este relato tan poderoso es que Dios había advertido a Nabucodonosor. Un año antes, a través de un sueño de un gran árbol cortado, Daniel había interpretado la visión y suplicado al rey: "Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordia hacia los pobres, para que tal vez sea prolongada tu prosperidad" (Daniel 4:27). El rey tuvo doce meses para arrepentirse. No lo hizo.
Después de siete tiempos de locura, la razón de Nabucodonosor volvió. Su primer acto no fue reclamar su trono, sino bendecir al Altísimo. Su testimonio resuena a través de los siglos: "Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia" (Daniel 4:37). El rey que antes se gloriaba en su propia gloria ahora daba toda gloria a Dios.
La historia de Nabucodonosor no es meramente historia antigua — es un espejo para cada corazón humano. Puede que no gobernemos imperios, pero construimos nuestros propios pequeños reinos: carreras, reputaciones, familias, ministerios. Cuando miramos lo que hemos construido y decimos: "Con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad", estamos en el mismo terreno peligroso. La gracia de Dios nos da tiempo para arrepentirnos, pero Su justicia no permitirá que el orgullo quede sin control para siempre. La pregunta es si nos humillaremos a nosotros mismos, o si Dios tendrá que hacerlo por nosotros.